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Agradecida y sin planes de retorno

  • Writer:  Karelia Alcalá Reyes
    Karelia Alcalá Reyes
  • Apr 15, 2018
  • 3 min read

Updated: Apr 30, 2018


Cuando el primer hijo de Angélica y Osman nació, el abuelo materno cayó en las redes del amor paternal renovado y le regaló al nieto su chinchorro favorito. Se lo habían tejido en Caicara del Orinoco y siempre lo cargaba con él. Al ver a su nieto enhinchorrado no le quedó más que desprenderse de una prenda invaluable para él. Hoy, ese chinchorro está en Guayaquil porque fue lo primero que empacó Angélica cuando partió hacia Ecuador, para llevarse un pedazo de Venezuela y al acostarse en él, sentir los abrazos de su padre ausente.

Angélica es una caraqueña que vivió los últimos años de su vida en Barcelona, estado Anzoátegui. Allí nacieron sus hijos y desde allí partió un día rumbo a una nueva vida que le llegó sin pensarlo mucho.

Todo comenzó con la pregunta que le hizo un primo-compadre, sobre si estaba dispuesta a agarrar maletas y salir del país. No había plan alguno, pero su esposo saltó emocionado ante la posibilidad, porque era evidente que la situación socio-económica del país lejos de mejorar, iba rumbo hacia una agudización.

Aprovechando la oportunidad que le brindaba a su esposo el trabajar para una transnacional, la primera opción fue buscar una oportunidad, fuera de Venezuela, pero dentro de la misma empresa en la cual prestaba sus servicios.

Le informaron que las únicas vacantes donde podían servirle de enlace en países de habla hispana estaban en Chile y Ecuador. Angélica y Osman compararon las opciones y ganó Ecuador.

Primero partió él; mientras ella quedó en Barcelona vendiendo todo lo que habían logrado conseguir para su proyecto de vida familiar.

Cuando ya su esposo había arreglado en Ecuador todo el papeleo necesario para iniciar su trabajo como Ingeniero Químico, le informaron que la empresa que le contrataría no quería extranjeros sino ecuatorianos y las ilusiones se vinieron al piso de un solo golpe.

Sin embargo, la decisión ya estaba tomada. Angélica apenas si tenía la cama donde dormir con sus hijos porque había vendido todo y fue entonces cuando su esposo le dijo "estoy encantado con Ecuador. Hay frutas y vegetales frescos como a ti te gustan y sé que te va a encantar; así es que haz las maletas y vente que aquí vemos qué hacemos" y fue así como Angélica agarró a sus muchachos y partió rumbo a Quito.

Un talento dormido despertó ante la necesidad de ingreso y las habilidades culinarias de su esposo se hicieron sentir. "Empezamos a vender arepas, empanadas y nos fue buenísimo. En tres meses ya ganábamos el sueldo de muchos profesionales".

Todo iba viento en popa cuando sucedió lo inesperado, "llamaron a mi esposo y le dijeron que había una vacante para una empresa privada en Guayaquil. Dejar lo que estábamos haciendo fue difícil, pero la empresa nos daba la estabilidad que necesitábamos, no podíamos perder la oportunidad". Agradecidos por el buen tiempo en Quito, se fueron a la cálida Guayaquil donde residen actualmente.

"Aquí hay muchos cuentos de xenofobia pero yo no he encontrado la primera persona que me mire feo. Todo lo contrario. Al llegar a este país pensé que iba a sentir rechazo y desde que llegué fue como si me estaban esperando. Cuando estuvimos en Quito, mis hijos recibieron regalos, ropa, recibimos incluso dinero, nos ayudaron con alquileres. Ha sido todo una bendición."

Aunque nunca es bueno decir "de esta agua no beberé", Angélica no cree que regresen a Venezuela. Hoy, sus familiares están repartidos en diez países y muchos de sus amigos ya no están en Venezuela. "Vendí casa, carro y no extraño nada de lo material que decidí entregar. Eso también lo extrañan los que están en Venezuela. La mayoría de la gente que más amo no está en Venezuela y si regreso, igual la extrañaría".

Lo que si echa de menos es caminar por las calles de su país y cuando piensa en Venezuela, le llega a su memoria su aromático olor a café y piensa en Playa Lido, donde solía ir a ver el mar.

Angélica, quien es Farmacéutica y Constelador Familiar, era regente en Venezuela pero en Ecuador no puede ejercer su profesión hasta convalidar su título. Su dedicación está hoy día en atender a sus hijos, pero ya tiene planes de iniciar una certificación internacional como Coaching.

Aunque sabe que de manera real no podría abrazar a Venezuela, si pudiera llegar hasta ella por un momento, le daría un "abrazo espiritual", un abrazo que le reconforte por todo el dolor que vive y le llevaría amor y sonrisas que le entregaría a cada persona que se encontrara en sus calles.

En su caso, emigrar significa agradecimiento por el crecimiento que ha tenido su familia en unión, en aprendizaje y agrega que no se arrepiente de haber emigrado. "Por eso es que no pienso en regresar, porque esto ha sido algo sumamente positivo para mi familia".

 
 
 

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