Algún día regresaré y ayudaré en la recuperación cultural de Venezuela
- Karelia Alcalá Reyes
- Feb 20, 2018
- 4 min read

Tan solo 9 años tenía José Miguel cuando la revolución chavista llegó al poder en Venezuela. A esa edad, palabras como crisis, inflación, socialismo y devaluación, no eran parte de su léxico infantil; pero las consecuencias negativas del modelo político instaurado por Hugo Chávez, no le dejaron otra opción que comenzar a interesarse por ellas al entrar en la adolescencia.
A decir verdad, José Miguel siempre deseó vivir la experiencia de emigrar. Se imaginaba en Japón o algún lugar de Europa, con los consabidos viajes a Venezuela para estar con la familia en las típicas celebraciones especiales. Para ello, comenzó a prepararse académicamente y alcanzó en marzo de 2016, su título de Licenciado en Idiomas Modernos en la Universidad de Los Andes. De allí, egresó con dos idiomas adicionales a su lengua materna; inglés y francés, sumado a un dominio respetable en la lengua nipona.
Contrario a sus expectativas, las oportunidades para abrirse camino hacia el otro lado del mundo al concluir sus estudios, se alejaban ante una crisis económica sin precedentes que le hacían inalcanzable los pasajes en avión; sin contar que con lo que llegó a ganar como profesional en Venezuela, no le alcanzaba ni para comer bien.
“Un día llegué a mi casa con deseos de comerme una arepa o una empanada y cuando fui a la cocina solo había plátano y queso rallado. Teníamos muchos días comiendo lo mismo y ese día me dije: hoy será el último día que comeré esto por necesidad y allí mismo decidí irme de Venezuela”.
Contactos fuera del país tenía, y bastantes. De hecho su agenda, como la de muchos venezolanos, ahora está llena de nombres con el país donde se encuentra la persona como apellido; pero fue Carlos Julio-Colombia, quien le mostró las mejores opciones. Esperanzado, pero “limpio” recolectó lo que pudo y se embarcó en la aventura de pasar a la lista de los emigrantes venezolanos con la aspiración de ser ciudadano del mundo. Un largo viaje que arrancó en enero de este año desde Maturín, lo llevaría hasta la Atenas Suramericana.
Su primera noche en Bogotá no fue muy agradable, porque desconocía la estratificación colombiana y con lo poco que tenía, le tocó llegar a una posada estrato 1, en la cual apenas si pudo pegar un ojo en toda la noche. Al día siguiente, su amigo lo esperaría en el transmilenio para trasladarlo a la residencia donde le esperaban Edith y la pequeña Elena, con quienes comparte el espacio.
“Comí, las tres primeras semanas en Bogotá, más de lo que había comido en Venezuela en los últimos cinco meses”. Shemi, como le dicen sus familiares y amigos, comenta que en Colombia le recibieron con la hospitalidad que se le da a un familiar y remata en perfecto venezolano, “la gente me ha tratado más bien que el carajo”.
Claro que existe la xenofobia propia de estos procesos y le ha tocado sentirla en el transmilenio; pero dice estar enfocado en lo suyo y cuando algo sucede, trata de ponerse en los zapatos del colombiano quien también mira cómo se le está llenando la casa de venezolanos, en un proceso que parece indetenible.
Hoy, está a la espera para concretar la firma de un empleo en el área de telecomunicaciones con el grupo Sitel y eso le mantiene esperanzado porque necesita trabajar y comenzar a resolver.
Emigrar para Shemi, significa libertad total de acción, una oportunidad de crecimiento y la apertura de perspectivas.
Cuando le entra la nostalgia por esa Venezuela que le sabe a empanadas y arepas, se la sacude rápido pensando en sus planes que incluyen escribir un libro. Sin embargo, no deja de extrañar a su familia, las aventuras de sus hermanos, las travesuras de sus sobrinos Kanito, Juan Pablo y Alba; así como las reuniones en casa de sus padres junto a tíos y primos.
Está convencido que el panorama de Venezuela cambiará para bien; pero mientras eso llega, él se ocupará de prepararse porque le gustaría liderar acciones para mejorar culturalmente a Venezuela. “El mayor daño que nos han hecho ha sido la destrucción de la educación y yo estoy dispuesto a trabajar en el rescate de la cultura y la educación. Estoy en deuda con mi país, me formé en una universidad pública y debo devolver en algo, lo que Venezuela me dio. Más aportaré en un país que tiene todo por hacer, que en uno donde todo está hecho”.
Él sabe que muchos jóvenes se están preparando y están destacando en silencio fuera de nuestro país. “Hay que saber reconocer el sonido entre la bulla y hay muchos venezolanos haciendo un excelente trabajo en diferentes áreas del conocimiento, que hoy les sirve para ayudar económicamente a sus familias, pero que luego puede traducirse en un aporte significativo para el desarrollo del Venezuela”.
José Miguel dice que para sobrellevar la situación que hoy le toca vivir, le ha ayudado mucho la mentalidad de guerrero que debió desarrollar ante las dificultades en Venezuela y aunque sabe que la recuperación tardará un tiempo, aspira que toda esta lección nos sirva de algo.



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