Vacaciones sin retorno
- Karelia Alcalá Reyes
- May 7, 2018
- 4 min read
Updated: May 10, 2018

De vez en cuando, Angelina cierra los ojos frente a la costa panameña y dejándose acariciar por el aire del Pacífico, busca la manera de imaginar que ese mismo soplo se une a la brisa que roza a su querido Lago de Maracaibo y piensa en los recuerdos que le trae de sus seres queridos y su vida en Venezuela.
Ya son dos años de estar lejos de La Tierra del Sol Amada y lo que eran unas vacaciones, para tantear opciones en eso de buscar un mejor porvenir, se le convirtió en un exilio que aún no tiene fecha de expiración.
Salió sola, sin despedirse mucho y con una maleta de turista en la que no llevaba nada en especial; porque al fin y al cabo, su meta era regresar en dos meses. Su escritorio quedó intacto en la oficina a la que nunca regresó.
En Panamá la esperaban su hermano y su mejor amiga; quienes le sirvieron de soporte emocional una vez que decidió no retornar, porque Angelina era de las que decía, que nunca se iría de Venezuela.
Una vez tomada la decisión de quedarse, la tristeza empezó a hacer su trabajo; la despertaba casi a diario con ganas de llorar siempre a la misma hora, las 3 de la madrugada; para luego inyectarle una dosis de ganas de regresar urgente.
Su arraigo a la tierra que le recibió al nacer, estaba sazonado no solo por el regionalismo que caracteriza al zuliano; sino por el amor a su familia y al trabajo que hacía en la Universidad del Zulia, el cual llenaba sus expectativas profesionales.
"Soy Comunicadora Social, profesora universitaria y al momento de venirme trabajaba en la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia, organizando y promoviendo la cultura en distintas áreas de la universidad y de la ciudad. Un trabajo que amaba y del que me dolió mucho desprenderme".
La razón puso en la balanza un argumento de peso que le ganó al sentimiento. Más allá del amor a su labor, de su esfuerzo y su dedicación, estaba una realidad que en más de una oportunidad la llenó de miedo; como cuando un extraño se le fue encima para quitarle su celular o cuando fue testigo de robos a personas muy cerca de ella.
Internamente sabía que ese no era el escenario donde quería ver crecer a sus hijos, porque no le garantizaba la tranquilidad para verlos desarrollar en paz y por ello tomó la decisión de no retornar. A los cuatro meses de estar fuera, optó por llevarse a Panamá uno de sus más preciados tesoros; su hijo mayor y al año, finalmente llegó el otro, su hija.
Atrás quedaba una vida fructífera y sueños lacerados por una realidad cada día más dura y triste en Venezuela.
De esta manera, Angelina Socorro pasó a formar parte de los más de un millón de zulianos que han salido de su tierra a probar suerte con la esperanza de todos; tener una vida de calidad que en Venezuela es muy difícil alcanzar, aún para los profesionales.
Hoy, a dos años de estar en Panamá, Angelina agradece a Dios esta oportunidad y el haberle llenado de paciencia y sabiduría para tomar la decisión de la cual no se arrepiente.
"Aunque mi corazón y mi mente están siempre conectados con las carencias y limitaciones de mis padres, familiares y amigos en Venezuela; sé que hay que enfocarse bien en la meta para poder vivir aquí y ayudar desde lejos a la familia".
Esta capacidad de resiliencia es la que le ha ayudado a distinguir y explotar nuevos talentos, como las ventas de sus brownies que son una delicia y van camino a tener su propia marca.
Paralelamente a esto, Angelina da clases de Español a estudiantes de secundaria y prepara un segundo emprendimiento en el área de formación, con una serie de talleres de talento humano para empresas.
Emigrar ha significado para ella fe infinita en Dios, confianza en sí misma y optimismo.
Más allá de un triste episodio con un taxista panameño que no quiso transportarla por ser venezolana; afirma haber conocido "gente panameña excepcional que no sabe de xenofobia y sí de amor y solidaridad, sin distingo de nacionalidad".
Algún día la situación en Venezuela cambiará, pero hoy Angelina prefiere no pensar en si regresaría; mejor es estar concentrada en los planes que ha diseñado para esta nueva etapa de su vida.
Si bien extraña a sus seres queridos dejados en Maracaibo, también debe vivir en presente para no perder el enfoque de la meta que desea alcanzar. Afuera, hay que trabajar el doble para subir los peldaños que la llevarán a la cima.
Ya tendrá tiempo cuando algún día, al dejarse acariciar por los aires del Pacífico, se cuele la brisa del Lago y le cuente que todo está bien; que puede visitar a su tierra para saborear un pastelito maracucho, un plátano con queso o esa agua de coco que le sabe a Venezuela. Es allí, cuando entonces quizá agarre nuevamente su maleta y corra a abrazar a sus padres y decirle a Venezuela: aquí estoy, he venido a traerte amor y prosperidad.



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