Venezuela me sabe a vida
- Karelia Alcalá Reyes
- Dec 21, 2019
- 6 min read

¡Ho Ho Ho vengo a traer los regalos de Navidad!
Así respondió Franco Colmenares al funcionario de inmigración cuando le preguntó, a su llegada a Cancún, qué haría en México.
Lo que no sabía el funcionario, es que a este San Nicolás venezolano, le había tomado seis días llegar al país azteca, porque su trineo había sido un bus que lo llevó de La Victoria en el estado Aragua hasta San Antonio del Táchira y luego pasó 12 horas esperando que le sellaran el pasaporte para poder entrar a Colombia.
Una vez allí, Santa no consiguió chimeneas por donde colarse a dejar juguetes y comerse las galletas con leche que se ven en las películas, sino que se alojó junto a decenas de venezolanos en "un hotel de paso en un cuarto de mala muerte", donde el único privilegio fue dormir en un colchón en una especie de plataforma, lo cual le dio algo de privacidad, porque al resto le tocó dormir en colchones pegados unos a otros.
Sin trineo y mucho menos renos, este Santa criollo siguió a Cúcuta donde lo recibió un amigo, quien le dio de almorzar y tomó un bus que tardó 24 horas y media para llegar a Bogotá por un derrumbe en la carretera, lo que le hizo añorar que existiera Rodolfo el reno para volar.
Ya en Bogotá, la hospitalidad de un amigo fue la gran bendición, porque tuvo que esperar tres días para finalmente tomar su maleta donde había empacado su alma y montarse en el avión, para ir al reencuentro con su hijo en Cancún.
Durante el viaje, Franco no hacía sino pensar en todas las recomendaciones por si no le dejaban entrar; las frases que debía decir, los papeles que mostrar y el susto se incrementaba cada vez que alguna de las personas que le precedían en la fila de inmigración, tocaban un botón y se encendía un bombillo rojo que les impedía el paso.
Pero, asombrosamente, a él le tocó el color azul y su paso fue rápido, cordial, sin revisiones fastidiosas y además, con la sonrisa del funcionario ante la respuesta creativa de aquel tipo barbudo que seguramente le recordó su niñez. Sin explicación alguna, diez personas posteriores a él, tuvieron que lidiar con el bombillo rojo que se encendió para ellos.
Denunciar fue su delito
Franco Colmenares fue, en Venezuela, Jefe de Relaciones Públicas en Corporaciones del Estado y privadas. Tuvo una empresa de producción de eventos y también se dedicó a la Publicidad.
En sus últimos años en Venezuela, hizo transporte para mascotas hacia clínicas veterinarias entre Cagua, La Victoria y Turmero, hasta que un día le robaron su camioneta
"Yo escribía por las redes sobre cosas que estaban pasando en La Victoria. Denuncié abusos, estafas, violaciones a derechos ciudadanos y a raíz de ello, me asaltaron y desvalijaron mi casa".
Un día, cuando fue a buscar a su ex esposa al peaje, un policía le puso una pistola en la cabeza a ella y le quitaron la camioneta a él. Días después, se la entregaron totalmente destruida.
Fue a partir de ese momento que la salida de Venezuela se convirtió en una opción de vida. "Lo primero que puse en mi maleta fue el alma y todavía está allí".
El lugar seleccionado para emigrar fue México, pues allí se encuentra su hijo quien a los 18 años firmó un contrato laboral, que lo ha dejado anclado en la tierra azteca.
Solo necesito una firma
Desde que llegó a México Franco ha tratado de vivir con el talento que posee: actuar, interpretar, imitar; aunque su sueño es montar un restaurant venezolano.
"Llegué con el talento de sobrevivir y de adaptarme a una sociedad que no es igual a la mía. Sobrevivo. He buscado trabajos fijos pero para unos soy muy viejo y en otros soy muy joven. Por otro lado, para algunos cargos estoy sobrevaluado y en otros te miran con caras raras. Ha sido un poco difícil".
Por otro lado, a diferencia de Venezuela donde para un casting iban 50 personas, en México los castings son abiertos a todas las personas y van miles, de diferentes nacionalidades y niveles de preparación.
"Lo que quiero es montar un restaurant de comida venezolana. Tengo la cocina, pero me falta capital y a pesar de que hice un curso de 80 horas con una Fundación para acceder a un crédito a través del Estado, no lo he logrado. Llené todos mis requisitos todo iba bien hasta que me pidieron la firma de un nacional que viva en Ciudad de México, como aval y no la he conseguido porque tampoco se arriesgan pues apenas tengo un año acá".
Sin embargo, sigue intentando y mientras tanto disfruta y agradece sus logros, como el contrato con Electra para hacer de Santa Claus en Banco Azteca.
"Me mandaron para los sitios más increíbles. Conocí Chiapas, Querétaro, Tuxtla de Guerrero, Guadalajara y terminé haciendo un comercial para Banco Azteca".
Desconocen lo feliz que son
Franco es residente legal en México y dice que ha recuperado su calidad de vida; especialmente la libertad de poder circular hasta en las noches sin temor a ser asaltado.
"Tengo todos mis papeles en regla, licencia, seguro médico popular y tengo derecho a todos los servicios y medicamentos gratis hasta tres años. Te llaman para recordarte tus citas, hay jornadas gratis de atención al diabético y yo lo soy. Te hacen podología, el odontólogo te avisa que tienes que ir a la cita. En fin, el servicio es excelente pero el mexicano se queja y no aprecia lo que tiene. No saben lo felices que son, tal como lo fuimos nosotros".
Otro servicio que dice apreciar mucho es el transporte. El metro trabaja hasta las 12 de la noche. Entre las 12 y la 1 de la mañana tienes chance de montarte en el metrobus. En las calles la gente camina tranquila y hay policías por todos lados.
Dos culturas muy diferentes
Si bien Latinoamérica es una; cada país que la integra tiene su sello particular que se encuentra en el lenguaje, costumbres y tradiciones.
Es a esto a lo que a Franco le ha costado adaptarse de su nueva vida. Afortunadamente, dice haber conseguido "gente buena y tolerante"; pero el sentido del humor, tan presente en él, tiene grandes diferencias con respecto al del mexicano, al igual que el lenguaje.
"Me limito mucho. Lo que es un chiste para mi puede ser mal interpretado por un mexicano y traerme problemas".
Si alguna vez ha sentido rechazo, no ha sido por ser venezolano sino más bien por ser extranjero. Disfruta que puede conseguir de todo y la comida es económica.
Algo curioso para él han sido las celebraciones semanales. En la localidad donde vive, hay fiesta todos los fines de semana que comienzan con las tradicionales mañanitas a son de bandas para los cumpleañeros, aniversarios de boda, bautizos y hasta sepelios.
No quiero morir afuera
Franco no duda en afirmar que tiene una mejor vida en México, comparada con la que se vive en Venezuela. Sin embargo, esto no resta fuerza a la nostalgia que siente cada vez que piensa en su tierra.
A pesar de tener a su hijo en el país, reconoce que comparten poco porque "él tiene una vida totalmente diferente a la mía, diez años aquí y su propio ritmo, está creciendo en este país".
Es así como a ratos aparecen los recuerdos. "Añoro mi casa, mi cama, mis vecinos, mis perros, salir a la calle y hacer un trayecto de 15 minutos en dos horas porque me paraba en todos lados, echaba un cuento, hacía una imitación, me invitaban un jugo, un vaso de agua, un café, me echaban un cuento para que escribiera una historia…en fin, extraño mi vida".
Si la situación mejorara, Franco está claro en que regresaría. "Yo no me quiero morir afuera. Si me toca, tendré que hacerlo pero no me quiero morir fuera de Venezuela".
Con la experiencia que ya tenía de su vida en Venezuela más lo que ha aprendido en México, sabe que son muchas las cosas que podría hacer en su tierra.
Cada vez que piensa en ella, le viene a la mente la imagen de sus padres, su tía, la Plaza Ribas de La Victoria, la fiesta de La Juventud y el recuerdo de todo cuanto trabajó para tener su casa propia.
"Aquí estoy alquilado y en cualquier momento me pueden decir váyase, pague o no".
Franco dice que a él Venezuela le sabe a vida, a Caribe, a solidaridad. "Aquí nadie te presta nada, un baño te cuesta 5 pesos y si pides una dirección debes dar propina".
Besar el piso, rezar y llorar, son las tres cosas que haría si volviera a Venezuela. "Abriría mi maleta y le daría a mi país el alma que metí en ella al salir y mis ganas de luchar para hacerlo brillar otra vez".



Comments